Antibióticos en avicultura y porcicultura: una herramienta que exige conocimiento, criterio y responsabilidad

La industria avícola y porcina ha utilizado antibióticos durante décadas para controlar enfermedades bacterianas y sostener la salud de los animales. Sin embargo, la experiencia de campo nos demuestra algo simple: aunque son herramientas que todos creen conocer, todavía hay mucho por reaprender sobre su uso adecuado.

En ISSA hemos acompañado a nuestros clientes principalmente en programas de vacunación. Esa experiencia nos enseñó que no existen soluciones universales: el tamaño de la granja, el número de animales, el sistema de producción, el manejo y el desafío sanitario hacen que cada caso requiera un análisis particular.

Hoy queremos llevar esa misma filosofía al uso de antibióticos. Nuestro objetivo no es solo ofrecer productos de calidad, sino acompañar al productor y al médico veterinario en decisiones que permitan usarlos de forma responsable y eficiente. Bien empleados, los antibióticos siguen siendo una herramienta fundamental dentro de un programa sanitario, y pueden contribuir de manera decisiva a controlar una enfermedad bacteriana y a recuperar el desempeño productivo de un lote.

Desde nuestra experiencia, el mayor desafío en el uso de antibióticos se resume en cuatro preguntas fundamentales:


1. ¿Qué antibiótico elegir?

La elección de un antibiótico debe ir mucho más allá del precio o de la disponibilidad comercial.

Conviene seleccionar productos con garantías de calidad, registro sanitario vigente y elaborados por laboratorios que trabajen bajo Buenas Prácticas de Manufactura (GMP/BPM), con sistemas de aseguramiento y control de calidad debidamente establecidos.

Además, recomendamos usar productos terminados y formulados específicamente para uso veterinario, porque ofrecen mayor uniformidad, estabilidad, homogeneidad y consistencia entre lotes de fabricación.

¿Por qué usar un producto terminado en vez del activo puro en el alimento de aves y cerdos?

En el papel, el principio activo puro parece más barato por kilo. En la práctica de campo, el producto terminado casi siempre resulta más seguro, más homogéneo y, al final, más rentable. La diferencia la hacen los excipientes (el Carrier): ese “acompañante” del activo que cumple funciones concretas. Estas son las razones:

  • Reparte la dosis de forma pareja. Un antibiótico se dosifica en gramos por tonelada de alimento. Diluir unos pocos gramos de activo puro en 1.000 kg de alimento de manera uniforme es casi imposible sin un vehículo. El Carrier logra que cada bocado que come el animal reciba la misma dosis. Con activo puro, unas aves reciben sobredosis y otras subdosis… y la subdosis es justamente la que genera resistencia.

  • Protege la molécula en el proceso. Durante el peletizado o la extrusión el alimento pasa por calor, vapor, humedad y presión. El Carrier “envuelve” y protege al activo para que llegue íntegro y activo al comedero, en lugar de degradarse antes de que el animal lo consuma.

  • Mejora la granulometría y genera menos polvo. El producto terminado tiene un tamaño de partícula diseñado para mezclarse bien y disminuir la polución (polvo) al cargarlo en el molino. Menos polvo significa menos activo perdido en el aire (menos plata al piso), menor contaminación cruzada hacia otros lotes y menor exposición del operario a inhalar el antibiótico.

  • Mejora la densidad aparente y evita el apelmazamiento. Con mejor densidad, el producto fluye mejor, no se compacta en la tolva y no se segrega (es decir: no se separan finos y gruesos). Así la dosificación es pareja del primer al último kilogramo del lote.

  • Mantiene la potencia hasta el vencimiento. Los excipientes protegen al activo de la humedad y la oxidación, conservando la potencia declarada. El activo puro sin formular pierde eficacia mucho más rápido en almacén.

  • Da respaldo legal y trazabilidad. El producto terminado tiene registro sanitario, número de lote, certificado de análisis y responsable técnico. Ante una fiscalización de SENASA o una auditoría de cliente, esa es la diferencia entre poder sustentar el tratamiento o no poder demostrar qué se usó.

En resumen: el activo puro parece más barato en el papel; el producto terminado es el que realmente llega, actúa y se puede sustentar.


2. ¿Cómo debe administrarse?

Tan importante como elegir el antibiótico correcto es administrarlo de la forma adecuada.

Cada formulación se desarrolla para una vía específica. Si el producto está indicado para el agua de bebida, debe usarse por esa vía; si fue formulado para incorporarse al alimento, debe respetarse esa indicación. Cambiar la vía puede reducir la eficacia o, peor, dejar al animal subdosificado.

Los tipos de Carrier: por qué no todos son iguales

El Carrier (vehículo o excipiente) es el “acompañante” del principio activo. Mucha gente cree que es solo relleno inerte, pero no lo es: vehiculiza y diluye el activo, lo protege y, según cuál se use, puede además aportar nutrientes o estabilidad. Elegir el Carrier correcto es parte de la calidad del producto. Estos son los más usados:

Regla práctica: hay Carriers que además nutren (carbonato y fosfato de calcio) y Carriers que aportan sobre todo función tecnológica de dispersión y estabilidad (maltodextrina, cascarilla de arroz). El correcto depende de la molécula y de la vía.

Cumplir la dosis: por qué la dosis terapéutica no es negociable

Es indispensable cumplir la dosis, la duración del tratamiento y las recomendaciones del médico veterinario. Incumplir cualquiera de estos puntos compromete la eficacia y favorece la selección de bacterias resistentes.

Y aquí hay una paradoja de campo importante: el animal enfermo come y toma menos agua justo cuando más necesita el antibiótico. Por eso la dosis se calcula por peso vivo y no solo por el consumo “esperado”, y hay que vigilar el consumo real. Si la cantidad que llega a la bacteria es demasiado baja, ocurre lo peor: no la mata, la entrena. Elimina a las bacterias débiles y deja vivas a las más resistentes, que luego se multiplican. Los expertos llaman a esto la “ventana de selección de mutantes”, y sus dos causas clásicas son subdosificar y cortar el tratamiento antes de tiempo porque “el animal ya se ve mejor”.

Porcino y aves

La colistina se usó ampliamente en cerdos y aves, sobre todo en Asia. En 2015, investigadores en China describieron el gen mcr-1 en E. coli de cerdos: confiere resistencia a la colistina, un antibiótico “de último recurso” en humanos. Lo grave es que ese gen viaja en un plásmido, es decir, salta con facilidad de una bacteria a otra. El hallazgo generó alarma mundial y llevó a varios países a prohibir la colistina como promotor de crecimiento. (Liu et al., Lancet Infectious Diseases, 2015), esta decisión también fue adoptada por el Perú.

Finalmente, siempre deben respetarse los períodos de retiro de cada producto. Es lo que garantiza que la carne y el huevo lleguen al consumidor sin residuos de antibiótico.

3. ¿Cuándo utilizar un antibiótico?

Los antibióticos no deben usarse como herramienta preventiva de rutina.

Su uso debe responder a una sospecha o diagnóstico de enfermedad bacteriana, sustentado en una buena anamnesis, la evaluación clínica del lote, los hallazgos de necropsia y, cuando sea posible, pruebas de laboratorio que confirmen el agente involucrado.

El antibiograma: el “examen a la medida” que le dice qué sí va a funcionar

El antibiograma es una prueba de laboratorio que enfrenta a la bacteria aislada del animal enfermo con varios antibióticos, para ver a cuáles es sensible (S), intermedia (I) o resistente (R). Es, literalmente, un examen a la medida: en vez de adivinar, el veterinario sabe qué antibiótico va a funcionar contra esa bacteria, en esa granja, en ese momento. Se hace por difusión en disco (los discos que forman “halos” alrededor) o midiendo la Concentración Inhibitoria Mínima (CIM); los resultados se interpretan según puntos de corte estandarizados (CLSI).

¿Por qué vale la pena? Evita el “prueba y error”, ahorra tiempo y dinero, reduce el uso innecesario y frena la resistencia. Es especialmente valioso cuando hay recaídas o cuando un tratamiento falla.

El viaje de una muestra (así funciona, paso a paso)

  • Sospecha en granja. Mortalidad, caída de consumo o de postura, signos clínicos: se enciende la alerta y se decide investigar.

  • Necropsia dirigida. Se abre el animal buscando el órgano correcto según los hallazgos. La muestra debe ser fresca: en aves muertas, idealmente no más de ~12 horas, y menos si la temperatura ambiente es alta.

  • Toma aséptica. Se toma el órgano con instrumentos limpios y se coloca en bolsa plástica de primer uso, bien identificada.

  • Cadena de frío. Refrigerado si se envía el mismo día; congelado si llega al laboratorio al día siguiente.

  • Siembra y aislamiento. En el laboratorio, la bacteria crece en placas de cultivo.

  • Identificación. Se determina qué agente es (E. coli, Salmonella, Pasteurella, etc.).

  • Antibiograma. Se enfrenta la bacteria a los antibióticos y se leen los halos o la CIM.

  • Informe y decisión. El laboratorio reporta S / I / R, y el veterinario elige el tratamiento a la medida. Fin del “adivinar”.

¿Qué muestra tomar según la bacteria?

Tomar el órgano correcto es la mitad del éxito: una muestra mal elegida puede dar un resultado negativo, aunque la bacteria esté presente. Como guía práctica de campo:

Un tratamiento oportuno y bien indicado mejora las probabilidades de controlar el proceso infeccioso. En cambio, el uso innecesario o inadecuado favorece la resistencia antimicrobiana, uno de los grandes desafíos de la medicina veterinaria y la salud pública.


4. ¿Qué molécula utilizar?

No existe una molécula eficaz para todas las enfermedades bacterianas.

La selección del principio activo depende de varios factores: el agente etiológico, el órgano o sistema afectado, la edad de los animales, la vía de administración disponible, el historial sanitario de la granja y, siempre que sea posible, los resultados de las pruebas de sensibilidad.

Por eso la elección debe basarse en criterios técnicos, y no únicamente en experiencias previas o en el costo del tratamiento.


El compromiso de ISSA

En ISSA creemos que el uso responsable de los antibióticos empieza con el conocimiento.

Nuestro compromiso es ofrecer productos elaborados bajo altos estándares de calidad y brindar el acompañamiento técnico necesario para que cada tratamiento sea una decisión fundamentada, adaptada a la realidad de cada granja, que cuide tanto la salud de los animales como la eficacia de estas herramientas en el tiempo.

Porque detrás de cada lote de aves y de cerdos hay una familia peruana que se sienta a la mesa. Nuestro compromiso va más allá de vender un producto: es cuidar toda la cadena —desde la salud del animal hasta el plato del consumidor— para que cada pollo, cada huevo y cada corte de cerdo que llega a los hogares del Perú sea una proteína segura, saludable y libre de residuos. Usar los antibióticos con conocimiento y responsabilidad hoy es asegurar que sigan funcionando mañana, para los animales y para las personas. Ese es el verdadero compromiso de ISSA: con el productor, con el médico veterinario y, sobre todo, con cada familia peruana.

Next
Next

ISSA dicta conferencia y taller práctico de vacunación en Chincha